Manejo, tiempos fuera del agua y herramientas para una captura y suelta correcta en ríos cálidos del litoral.
En aguas cálidas el margen de error al liberar un pez es más estrecho que en ríos fríos. La menor concentración de oxígeno disuelto acelera el agotamiento, y un ejemplar que en un arroyo patagónico se recupera en veinte segundos puede tardar varios minutos en volver a nadar con firmeza. Eso obliga a repensar cada paso del manejo: desde el momento en que el pez toma el anzuelo hasta que lo soltamos.
El primer cambio es el anzuelo. Los modelos sin rebaba permiten retirarlo con un giro corto y sin desgarrar tejido. Si además aplanamos la lengüeta con una pinza antes de la jornada, la extracción deja de ser una maniobra de fuerza. En anzuelos triples conviene reemplazar por simples cuando la mosca o el señuelo lo admiten: menos puntas, menos puntos de anclaje, menos daño.
La red también importa. Una red de goma con malla fina reduce la pérdida de mucus y evita que las aletas se enganchen. Antes de usarla, la mojamos. Lo mismo con las manos: secas levantan la capa protectora del pez y dejan la piel expuesta a infecciones. Si no hay red a mano, sostenemos al pez con la menor presión posible, siempre con las manos húmedas y sin apretar la zona branquial.
Sobre los tiempos fuera del agua, la regla práctica que usamos en la zona es simple: con temperatura ambiente por encima de 30 grados, no más de veinte segundos. Entre 25 y 30 grados, hasta cuarenta. Por debajo de 25, un minuto como máximo. Si la foto va a llevar más, mejor dejar al pez dentro de la red sumergida y sacarlo solo para el disparo. Las fotos largas en días de calor son una de las causas más silenciosas de mortalidad diferida.
Para peces de porte mediano, la manipulación correcta es con una mano bajo el vientre y otra sosteniendo la base de la cola, nunca colgando al animal por la mandíbula ni apoyándolo sobre piedras, pasto seco o la cubierta de la lancha. Esas superficies le quitan la capa mucosa y lo dejan vulnerable. Si el pez se revuelve, mejor soltarlo en la red antes que forzar la sujeción.
La devolución en sí tiene su técnica. Colocamos al pez en el agua con la cabeza apuntando contra la corriente, sosteniéndolo apenas por la base de la cola hasta que recupere el equilibrio. Si está muy agotado, lo mecemos suavemente para forzar el paso de agua por las branquias. Cuando empuja por sí solo y se aleja, ya está. No hace falta empujarlo ni acompañarlo con la mano.
Nada de esto funciona como gesto aislado. La devolución responsable es una práctica con criterio, sostenida en decisiones previas: qué anzuelo usamos, cómo mojamos la red, cuánto tiempo decidimos no fotografiar. En un río cálido, esas decisiones son la diferencia entre una captura que sigue viva y una que se pierde horas después, lejos de la vista.
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